¡Lobos a las seis!
Daniel Manzella en su casa, invierno de 2010.
Pero más allá del lustre de los Super Etendard, del letal arrojo de los pilotos de Dagger y A4, y del reinado de los Harrier, una escena de combate aéreo vivido con toda la intensidad dio lugar a una curiosa historia personal.
Dentro de la Aviación Naval, Daniel sentía un especial interés por la especialidad de caza y ataque. Las primeras horas de vuelo, sin embargo, fueron en una escuadrilla de propósitos generales en Trelew, con aviones de sostén logístico: C-45, Porter y Tracker. En 1981 volvió a Punta Indio, esta vez como instructor en la Escuela de Aviación. El ritmo de vuelo era muy intenso, y las horas se multiplicaban de a cientos.
2 de abril de 1982
“En el ’82 yo vivía en la base. Tenía 25 años, y era Teniente de Corbeta en el tercer año. El 2 de abril nos despertamos y escuchamos la noticia por la radio. Nadie en la dotación sabía nada al respecto. A partir de ese momento, vivimos una situación vertiginosa. Todos queríamos ir, con mucho entusiasmo”, explica.
- En el entusiasmo que tenían por ir a las islas, ¿se plantearon la conveniencia estratégico-política de la guerra?
La decisión de destacar aeronaves como los T-34 al Teatro de Operaciones del Atlántico Sur obedeció a su capacidad de operaciones desde pistas rudimentarias, no asfaltadas, para cumplir misiones de apoyo aéreo. La única pista importante de las islas era la de Puerto Argentino. En el despliegue sobre la geografía insular, la Fuerza Aérea se instaló en la zona de Pradera del Ganso (cuyas instalaciones fueron bautizadas como Base Aérea Militar Cóndor), y la Armada hizo lo propio en la isla Borbón, al norte de la isla Gran Malvina. Allí se creó la Estación Aeronaval Bahía Elefante, más conocida luego como Estación Calderón, o simplemente como Borbón. La dotación aérea de la Armada fue de cuatro Turbo Mentor: 401, 408, 411 y 412.
La capacidad armada que tenían los T-34 era de tres coheteras (con siete proyectiles cada uno) y dos ametralladoras calibre 7.62 mm.
Sigue Manzella: “El despliegue a las islas fue progresivo. Primero fueron los Macchi, y casi en simultáneo fue la escuadrilla de reconocimiento, de B-200. Por último se decidió que la Escuela de Aviación participara con cuatro T-34, en apoyo de operaciones de infantería de marina.
Yo crucé a las islas el 29 de abril, saliendo de Río Grande. Fue un vuelo bastante complicado, en donde si había dificultades para aterrizar (ya fuera en Borbón como en Puerto Argentino) no podíamos volver al continente. En la planificación previmos una meteorología aceptable, que se cumplió parcialmente. Todo el trayecto sobre el agua lo hicimos sobre capa de nubes. Ya sobre las islas se aclaró. La navegación del vuelo la hizo un B-200, ya que nuestros instrumentos podían darnos un error importante.
Al principio creíamos que las islas eran pequeñas, pero desde el aire son notablemente más grandes. El estrecho de San Carlos, por caso, tiene espacios amplios, en donde hay puntos en los que no se llega a ver la costa de enfrente. Cuando cruzamos, habrán sido tres o cuatro minutos de navegación sobre el estrecho”.
Manzella llegó a Río Grande, en Tierra del Fuego, el 23 de abril. El 24 cruzaron los primeros integrantes de la escuadrilla, el Teniente de Navío José Pereyra Dozo (con el 401)y el Teniente de Fragata Miguel Uberti (con el 408). El 29 fue el turno de Manzella (piloteando el 412) y del Teniente de Fragata Marcelo Batllori (al mando del 411). El B-200 que sirvió como navegador fue el 4-G-44.
- ¿Cómo se organizó la base Borbón?
Inicialmente, la dotación aérea estaba conformada por los cuatro T-34 y un Skyvan de Prefectura, que hacía las veces de apoyo logístico. Más adelante, como consecuencias de dificultades meteorológicas y de problemas operativos en otros aeródromos de Malvinas, actuó como pista de escape de aviones de Fuerza Aérea. Así fue que llegaron, paulatinamente, cinco Pucarás de la FAA que terminaron siendo parte del elenco estable de la Base.
La pista tenía entre 700 y 800 metros, y normalmente se usaba para tráfico local de abastecimiento y comunicación para las estancias. El suelo más habitual del archipiélago es la turba, muy esponjoso, que no tiene capacidad de absorción de humedad. Tal es así que tuvimos algunas misiones hasta el 7 de mayo, y después tuvimos tres días seguidos de lluvia en donde quedamos totalmente fuera de servicio: ponías máxima potencia de motor para el despegue, pero el avión quedaba clavado.
- ¿Cómo era la relación con los kelpers?
Nuestro trato con ellos, igualmente, era mínimo. El jefe de la Base les impuso reglas claras, en cuanto a horarios y movimientos. Estaba claro que ellos hacían inteligencia para las fuerzas inglesas, por lo que hubo requisas de equipos de radio. Pero en general, la relación era buena. Con algunos más simpática, con otros más cortante.
- ¿Dónde se alojaban ustedes?
- ¿Y cómo era la convivencia con los efectivos de Prefectura y Fuerza Aérea?
1º de mayo, día de bandidos
- ¿Cómo fue el bautismo de fuego?
La formación de ataque es una especie de triángulo levemente desfasado, con el líder adelante y los dos numerales atrás. Uberti, que venía atrás nuestro, vió dos Harrier que nos estaban atacando. Yo rompí por derecha, y al mismo tiempo sentí los disparos de cañones de 30 milímetros de los Harrier que pasaban a muy poca distancia.
- ¿Se podían escuchar los disparos?
Luego de romper, miré hacia mi izquierda, y ahí ví al Harrier subiendo. Puse la proa de mi avión para perseguirlo, pero en un punto el Harrier –utilizando sus toberas de orientación de flujo- logró ponerse frente a frente conmigo. Nos cruzamos, yo subiendo y él bajando, sin tirarnos. Cuando estaba en el pico de una nueva tijera, ví a unos metros de altura una nube cumulus que parecía un buen lugar en donde enmascararme. Nos volvimos a cruzar, esta vez en un plano un poco más horizontal, y entré a la nube. El me perdió, y me quedé volando ahí dentro. En un momento me fijé y ví la sombre del Harrier que estaba también dentro de la nube. Salí de allí, y ví al otro T-34 con el otro Harrier haciendo exactamente lo mismo que nosotros, en otro cumulus cercano.
- ¿Tenía algún sentido que el Mentor tratara de responder al ataque?
Al eyectar las cargas, nos quedamos desarmados en cuanto a armamentos, pero armados en lo que se refiere a capacidad de maniobra. Nuestra posibilidad de supervivencia era mucho mayor basándonos en la maniobrabilidad del avión ligero, que apostando a los disparos de una mini gun de 7.62 mm.
- ¿Había comunicación entre ustedes?
En general, se habla entre pilotos durante un combate cuando se quiere coordinar una maniobra de ataque. En este caso, eran movimientos absolutamente defensivos, individuales. Además, los cuatro aviones eran de performance totalmente desigual. Ante esta situación, cada Harrier atacó a un Mentor. Supongo que ellos tal vez se comunicaban entre sí para no superponerse y hasta para evitar chocarse.
- De alguna forma rememoraron un combate aéreo de la Segunda Guerra Mundial.
- ¿Podrían los Harrier haber disparado un misil?
- ¿Cómo se resolvió la escaramuza?
Entre el lugar del combate y la Base habría unos 20 minutos de vuelo, que también parecieron horas. Cuando aterricé me di cuenta de lo que había vivido. La adrenalina y el entrenamiento lo llevan a uno a pensar y actuar a una velocidad tremenda. Es increíble.
En tierra me estaban esperando todos, y nos abrazamos festejando que estábamos vivos. Incluso abrimos una botella de whisky que alguien había llevado. Terminado todo eso, volvimos a nuestra rutina para la próxima misión.
- ¿Usted es creyente?
- ¿Cómo terminó el día?
Para nosotros, además, ese día fue el último en el que tuvimos cruces con el enemigo en el aire. Hubo algunas salidas de reconocimiento, pero combates aire-aire no volvimos a tener. Las lluvias entre el 7 y el 10 de mayo dejaron la pista prácticamente inoperativa.
El 1º de mayo, además de ese combate, trajo otras novedades a la base. A la mañana aterrizaron dos Pucará de la Fuerza Aérea. Uno de ellos, merced a una falla en el tren de aterrizaje, no volvió a despegar. A la tarde, otros seis IA-58 se sumaron a los que ya estaban.
Al día siguiente, un B-200 (matrícula 4-G-45) trasladó a Perona al continente. Entre el 2 y el 14 de mayo se realizaron varias operaciones, tanto salidas de los T-34 (que no registraron novedades) como aterrizajes de Pucará. Las condiciones meteorológicas no ayudaban, y la pista se fue deteriorando, al punto de quedar inutilizable, y con varios aviones dañados por “clavarse” en la tierra.
Aviadores sin aviones
- ¿Qué pasó el 15 de mayo?
Los pilotos estábamos durmiendo en la escuela, a unos 150 metros de la pista. Salimos con nuestras armas reglamentarias (un revólver calibre 38), pero obviamente sin muchas chances de hacer nada. Cada movimiento nuestro era seguido por un disparo de ellos en la misma dirección, producto de los equipos de visión nocturna que tenían.
Los infantes de Marina tenían como consigna, antes de entregar la guarnición, volar la pista para dejarla inoperativa. Suponemos que esa maniobra pudo haber dejado heridos entre las filas británicas, porque con la luz del día vimos apósitos con sangre en el lugar. Casi instantáneamente luego de esa explosión cesó el fuego enemigo.
- ¿Era habitual que recibieran ataques desde el mar?
- ¿Quedó algo en condiciones de volar?
- En términos humanos, ¿cuándo se sintió en mayor riesgo, en el combate del 1º o en el ataque a la Base?
- ¿Qué hicieron luego de ese ataque?
El 21 o 22 de mayo se rescatamos al Mayor Puga y al Capitán Díaz, de la Fuerza Aérea. A Díaz lo rescatamos inmediatamente después de su eyección. Puga, en cambio, fue derribado a la tarde. Pasó toda la noche a la intemperie y lo rescatamos a la mañana siguiente, casi congelado.
La dotación de la Base fue disminuyendo, a medida que se iban los pilotos. Primero se fueron los de Fuerza Aérea, y pocos días más tarde, el 1º de junio, nos replegamos de regreso al continente dos aviadores navales junto con Puga y Díaz. Fue en un Twin Otter, en un vuelo muy traumático, de noche y a baja altura. Hicimos Borbón-Puerto Deseado sin escalas. Minutos antes y minutos después hubo bombardeos de Harrier sobre la Base.
- ¿Ustedes aportaron información como observadores para ataques a buques ingleses?
El Lear Jet retransmisor era el LR-35A, indicativo "Ranquel". Despegó de Comodoro Rivadavia a las 13:45 hs., y regresó tres horas más tarde. Los ataques al Coventry y al Broadsword fueron realizados por sendas escuadrillas de tres A-4B cada una, que se vieron disminuidas porque un avión de cada escuadrilla debió regresar al continente por problemas técnicos. El HMS Coventry fue hundido, mientras que el Broadsword recibió el impacto de una bomba sin mayores consecuencias.
- ¿Se vivía con la misma intensidad la guerra desde tierra?
- Para el momento en que se fueron ustedes de la Base, ¿cómo era la relación con los isleños?
- En el ataque del 15 de mayo, ¿ellos estuvieron también bajo fuego?
Final anticipado de la guerra
- El 1º de junio se acabó la guerra para usted.
- Cuando salió en el Twin Otter de Borbón, ¿era consciente que la guerra estaba llegando a su fin?
Era un poco extraño volver sabiendo que había camaradas que seguían en combate.
- ¿Cómo fue su vínculo con la familia durante la guerra?
- ¿Se informó sobre el estado general de la guerra?
- ¿Estaba al tanto del ataque al Belgrano?
- ¿Perdió a algún amigo en la guerra?
La guerra pasó a ser una realidad cargada en la mochila del pasado para Manzella. Obviamente con la sangre todavía caliente por la experiencia vivida, se reincorporó a sus funciones en la Escuela de Aviación en Punta Indio. La vida –personal y nacional- seguía.
“Seguimos el curso de instrucción como era habitual. Obviamente, la situación general del país era traumática. Pero nos concentramos en seguir con nuestro trabajo, lo cual era la mejor manera de abstraernos del contexto nacional”, recuerda. “Yo personalmente tenía una ‘aceleración’ un poco mayor para transmitir en la instrucción mis conocimientos, producto de haber pasado por situaciones extremas. Era un entusiasmo muy fuerte por transmitir mi experiencia. Cuando empezamos a regresar los que fuimos a Malvinas, el ritmo normal de instrucción lo habremos retomado diez días después de la finalización del conflicto”, concluye.
- ¿Se sentía distinto a sus colegas que no combatieron?
Desde el punto de vista estrictamente técnico, fue una experiencia importantísima. La vivencia de de combate real es muy valiosa, sobre todo en un país como el nuestro que no tuvo otras guerras aéreas.
Exocet, y después…
- ¿Cómo siguió su carrera luego de la guerra?
En mi primer año con los SUE tuve la oportunidad de realizar un disparo real de Exocet, contra el Aviso Chiriguano. Fue una operación muy interesante, y hacía mucho tiempo que no se lanzaba un misil en la Aviación Naval. Inicialmente le disparó un buque con un misil superficie-superficie, sin hundirlo. Estaba pautado que si el buque seguía a flote salíamos nosotros. Entonces despegamos tres Super (yo con el misil y los otros como observadores), y además un Mirage de la Fuerza Aérea que iba como observador invitado.
- ¿Tuvo alguna sensación especial cuando te destinan a la Segunda Escuadrilla, teniendo en cuenta que era el avión de combate más moderno de la Armada y del rol que cumplieron en la guerra?
- ¿Cuándo fue la última vez que voló un avión de combate?
Después de eso, Manzella inició una etapa profesional distinta, lejos de los comandos de los aviones, aunque con otros desafíos. Incluso fue destinado al Comando de Escuadra (que incluía a los Super Etendard y a varias escuadrillas de helicópteros). Durante 2006 y 2007 fue designado como Agregado naval en Roma. Terminó su carrera como Jefe de la Fuerza Aeronaval Nº 3, con base en Trelew, cargo en el que se desempeñó hasta fin de 2009.
Un breve balance final muestra -en estrictos términos estadísticos de aviador- que sumó 4500 horas de vuelo, mil de ellas en reactor. Una visión más humana: “Disfruté desde el primero hasta el último minuto de mi carrera. Me gustaron todos los aviones que volé, y a todos les saqué el máximo jugo. El vuelo en la Escuela es muy lindo, por la implicancia que tiene recibir a una persona que no sabe volar y convertirlo en un profesional. Eso, sumado a la vivencia en Malvinas, hace que de alguna manera mi corazón esté con el Mentor”, reflexiona.
Portaaviones
- ¿Cuándo fue su primer aterrizaje en portaaviones?
Las operaciones en portaaviones son muy complejas, y requieren un máximo de concentración en un mínimo de tiempo. La aproximación final es muy corta, en donde no se puede descuidar ningún factor: pendiente, velocidad y ángulo de aterrizaje. Cualquier error puede tener consecuencias graves. Son 15 o 20 segundos de tensión máxima.
El catapultaje es un poco más simple, ya que es mecánico. Se pone potencia de motor, y se tira el bastón un poco para atrás. El avión ya sale trimeado para esa configuración. Ahí, el factor decisivo es la emergencia. En uno o dos segundos hay que decidir, en caso de problema grave, la eyección.
La hermandad del aire
Sigue: “En el 2000 acompañé en un viaje a Londres al Jefe de la Armada. Le pedí al oficial de enlace de esa visita si podía contactar a Watson. Luego de rastrearlo, coordinamos el encuentro (Watson estaba a tres horas de tren de Londres). Nos encontramos en la estación, nos abrazamos y bebimos cerveza durante dos horas, compartiendo experiencias y vivencias. Esta es una muestra de la faceta humana de la guerra. Uno pone el foco en derrotar al oponente, no en matar a una persona”, concluye.
Colaboró: Pablo Nápoli
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FUENTE: NuestroMar




