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| Historia de la Aviación Naval |
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Los adelantos técnicos de los hermanos Montgolfier, del conde Zeppelin, y posteriormente de los hermanos Wright, Santos Dumont y tantos otros, hicieron realidad el viejo anhelo de volar. En sus comienzos, se lo consideró poco menos que un hobby, si bien desde el siglo XIX se había utilizado la aerostación (globos) como medio de observación con fines militares. Así, en el siglo XX comienza la aventura del vuelo con las máquinas más pesadas que el aire. Producido el primer vuelo de los hermanos Wright en 1903 la maquinaria bélica no tardó, sin embargo, en adoptar al avión y a los globos y dirigibles como armas. El ejército italiano realizó en 1912 los primeros bombardeos en la campaña de Eritrea, mientras que un Spad VII francés obtuvo el primer derribo en los albores de la primera guerra mundial.
En el aspecto naval, el primer adelanto fue el hidroavión desarrollado por Glenn Curtiss, hacia 1911.
La entonces Marina de Guerra no fue ajena a este proceso, y su personal comenzó a interesarse por el vuelo. Entre 1890 y 1903, en sucesivas ediciones del Boletín del Centro Naval, varios oficiales de la Armada traducen artículos que detallan los adelantos de la aviación en el mundo. El 18 de septiembre de 1909 en el Centro Naval el Teniente de Navío Pedro Padilla dicta una conferencia que trata de sus estudios sobre “La Aerostación aplicada a la Exploración en la Armada”.
El 13 de enero de 1908 por iniciativa de civiles y militares se crea el Aeroclub Argentino y el primer vuelo de “un más pesado que el aire” ocurre en Longchamps el 6 de febrero de 1910 al mando del piloto francés Henry Bregui.
El primer aviador naval y primer piloto militar en recibir su licencia de aviador fue el Teniente de Navío Melchor Escola, quien obtuvo su brevet el 23 de octubre de 1912 y se incorporó a la recién creada Escuela de Aviación Militar el 08 de septiembre de ese mismo año.
Mientras tanto, la Gran Guerra recrudecía en el frente europeo y comenzaba la primera gran Batalla del Atlántico, en la que el juego del gato y el ratón entre aviones y submarinos otorgaba, definitivamente, un carácter tridimensional al combate naval. Pese a la declaración argentina de neutralidad, la Armada Estadounidense ofreció, en 1916, capacitar a tres oficiales de intercambio en su Escuela de Aviación Naval en Pensacola, Florida. Así los Tenientes de Fragata Ceferino Pouchan y Ricardo Fitz Simon, junto con el Alférez de Fragata Marcos A. Zar obtuvieron sus alas, siendo posteriormente desplegados a distintos lugares del Teatro de Operaciones Europeo, participando de operaciones de patrullado marítimo, antisubmarinas y de caza.
Finalizado el conflicto, se instalaron en el país dos misiones aeronáuticas, una francesa y otra italiana. Esta última, al terminar su comisión, en noviembre de 1919 donó a la Armada Argentina el hangar de San Fernando, junto con cuatro hidroaviones Macchi. Paralelamente y en el mismo año se creó la División Aviación Naval dependiente de la Secretaría del Ministerio de Marina.
Las siguientes décadas vieron el desarrollo del componente, que dejó, conforme los avances de la técnica, los globos y dirigibles, adquiriendo aviones de reconocimiento y patrulla, de bombardeo, de caza y ataque ligero, además de, naturalmente, aviones de adiestramiento.
El 29 de octubre de 1921 se crea la Escuela de Aviación Naval, en las instalaciones construidas al efecto dentro de la Base Naval de Puerto Belgrano. Se reciben los primeros hidroaviones comprados según requerimientos operativos de la Armada.
En 1923 se crea la base de Aviación Naval en Mar del Plata y en 1925 se habilita la Base de Aviación Naval en Punta Indio. La actividad es frenética. En 1929 llega al país la primera adquisición importante de aviones e hidroaviones: Cazas Dewoitine, exploradores Fairey, patrulleros Southamptons y aviones de ataque Corsair. Por primera vez un hidro embarca en un buque capital, abordo de los acorazados Moreno y Rivadavia.
En 1930 el Teniente de Navío Portillo realiza en Gran Bretaña los primeros cursos de reconocimiento aerofotográfico y se cumplen las primeras operaciones tácticas reales en el sur del país en la región de los grandes lagos. En 1933 el Capitán Zar llega a Ushuaia en vuelo por primera vez con un avión argentino, acompañado por su mecánico el suboficial Milillo. En 1934 se realizan los primeros catapultajes desde los cruceros Brown y 25 de Mayo, con aviones Corsair V-65.
En 1936 se analiza, en conjunto con el Ejército, la compra de material aéreo. Se entrega al Museo de Luján el hidroavión “Plus Ultra” que uniera España con Argentina en 1926, al mando del Capitán Ramón Franco. Se reciben los hidroaviones Patrulleros Consolidated Ranger de largo alcance, quienes volarán sobre Malvinas en 1940, por una orden Secreta del Presidente de la Nación para reafirmar nuestra posición neutral y soberana. La Segunda Guerra Mundial repercutió negativamente en la Aviación Naval Argentina. La declaración de neutralidad alejó al componente de los adelantos de la tecnología, que se sucedían con una cadencia vertiginosa, empujados por la dinámica de los combates. Ello no obstante, la Aviación Naval continuó apoyando a la Flota de Mar, y comenzó su epopeya antártica.
En febrero de 1942, un frágil biplano Steraman 76 D-1 al mando del teniente de Navío Eduardo Lanusse cumple con el primer vuelo de un avión argentino en la Antártida, operando desde le transporte ARA “1º de mayo” en la isla Decepción. Lo acompañaron como mecánico el Cabo Principal Eric Blomkist y como fotógrafo el señor Silva. Se abren las rutas de transporte a la Isla Grande de Tierra del Fuego, con aviones Curtiss Cóndor.
El fin de la contienda permitió a la Aviación Naval renovar parte de su material, en particular los medios de transporte, patrulla y adiestramiento. Aparatos considerados emblemáticos de la Aviación Naval, como el Douglas DC-3 y Douglas DC-4, NA SNJ-5C Texan (en todas sus variantes) y el Consolidated PBY-5A Catalina fueron incorporados en este período. También fueron incorporados los primeros helicópteros Bell 47 con misiones de enlace, observación y transporte. Se cumplen los primeros aterrizajes de helicópteros en buques de la Flota de Mar.
El 13 de diciembre de 1947, un DC-4 de la Armada al mando del Contralmirante Gregorio Portillo, cruza en vuelo el círculo polar Antártico por primera vez.
En febrero de 1952 por primera vez desde el continente americano, se cumple un vuelo hacia y con descenso en la Antártida, dos anfibios Catalina PBY-5A acuatizan en la isla Decepción materializando la Primera Estafeta a ese continente.
En 1955-56 la Aviación de la Armada interviene activamente para contribuir a superar la epidemia de polio que asola al país. Llegan los primeros aviones de ataque modernos, los Corsario F-4U y los hidroaviones Martin Mariner de gran radio de acción. El 19 de diciembre de 1957 uno de estos hidroaviones une en vuelo directo Buenos Aires con la Antártica, Isla Decepción.
En 1958, la incorporación del portaaviones ligero ARA “Independencia” (ex HMS “Warrior”) colocó a la Aviación Naval a la altura de las nuevas doctrinas, que decretaban la muerte del acorazado como unidad capital. Así comenzó el Grupo Aeronaval Embarcado, con sus NA AT-6C, Vought F4U5 Corsair y helicópteros Sikorsky S-55. La Armada Argentina ingresó a la era de los reactores con los Grumman F9F Panther.
En los años 50 y 60, la Aviación Naval participa de sucesos de la política nacional, cuyo contexto histórico sería muy extenso y complejo para explicar en esta breve síntesis. Las luchas entre hermanos nunca dejan buenos recuerdos y preferimos omitirlas para no herir susceptibilidades ni ofender la memoria de quienes nos precedieron. Estamos seguros de que cada uno de los que actuaron en esas luchas, lo hizo pensando que cumplía con su deber.
El 6 de enero de 1962, una expedición de dos aviones DC-3 al mando del Capitán de Fragata Hermes Quijada llega al Polo Sur, siendo los primeros argentinos en llegar a ese lejano rincón del suelo patrio. Los aviones se reabastecen en la Base Amundsen Scott y regresan al continente sin inconvenientes.
A fines de la década del 60, el ARA” Independencia” fue reemplazado por su gemelo el ARA “25 de Mayo”, que con sus modificaciones permitía la operación de jets de alta performance. Así se recibió en 1971 un lote de dieciséis Douglas A-4Q Skyhawk, versión modificada del A-4B, que operarían desde el portaaviones e incorporaban adelantos técnicos como misiles aire-aire (AIM-9B Sidewinder), góndolas de reabastecimiento en vuelo, etc. Mientras tanto, la Aviación Naval se consolidaba en el continente blanco, operando desde el rompehielos ARA “Gral. San Martín” durante más de quince años con toda clase de helicópteros. Otras especialidades del componente se renovaban, con helicópteros Sikorsky S-61D.4 Sea King y Westland WG-13 Sea Lynx, aviones Lockheed Electra L-188 y Beechcraft Queen Air Be80 y King Air Be200, junto con versiones más modernas de los Grumman Tracker y Lockheed Neptune.
En 1978, durante la crisis con Chile por las islas del Canal de Beagle, la Aviación Naval acompañó a la Flota de Mar en su despliegue al Sur, a bordo del portaaviones y en tierra, alcanzando la madurez operativa en todos sus sistemas y una eficiencia operativa que marcó el zenit del alistamiento aeronaval. En 1982, sin embargo, un nuevo desafío se avecinaba: el conflicto del Atlántico Sur.
Recuperadas las Islas por fuerzas navales argentinas mediante una operación anfibia clásica, la respuesta del Reino Unido no se hizo esperar. Así se escribieron algunas de las páginas más gloriosas de nuestra Aviación Naval, con las operaciones en Georgias, los ataques misilísticos llevados a cabo por el binomio Super Etendard/Neptune, las operaciones de patrullaje y cortinado antisubmarino de los S-2E Tracker, el incansable cruce de los Fokker F-28 llevando pertrechos y personal, los Aermacchi MB-339A y Turbomentor T-34C1 de la Escuela de Aviación Naval peleando una desigual batalla contra las fuerzas enemigas, y los A-4Q Skyhawk atacando a la fuerza de desembarco británica en San Carlos.
El saldo del conflicto, independientemente del resultado de la campaña, fue favorable a la Aviación Naval, con el hundimiento del destructor HMS Sheffield, el buque logístico HMS Atlantic Conveyor y la fragata HMS Ardent , amén de daños al HMS Argonaut, el HMS Antelope, a un destructor clase County y daños no confirmados en el HMS “Invincible”.
La posguerra, independientemente de la suerte adversa de las armas, consolidó a la Aviación de la Armada. Se modernizaron medios, como la exitosa turbinización de los Tracker, y se incorporaron nuevas aeronaves, como los Aerospatiale AS-555SN Fennec y los Lockheed P-3B Orion. La puesta fuera de servicio del portaaviones ARA “25 de Mayo” repercutió duramente sobre las operaciones embarcadas. Ello no obstante, se logró mantener un nivel de adiestramiento merced a la cooperación de las Armadas Brasileña y estadounidense, en ejercicios combinados que son hitos en la interoperatividad y el espíritu de cooperación a nivel hemisférico.
La Aviación de la Armada interviene de manera diaria en todas las actividades de la Fuerza en apoyo a la comunidad nacional e internacional, dedicando un esfuerzo permanente a la salvaguarda de la vida de los que navegan el Atlántico sur, contando en su haber innumerables operaciones de rescate. El patrullado de la ZEE y la custodia de los recursos pesqueros es otra tarea en la que la Aviación Naval emplea a sus medios y a sus hombres sin pausa.
Los recientes cierres de varias Escuadrillas Aeronavales pueden estar mermando la eficiencia operativa de este componente de la Armada, paro nunca su espíritu de sacrificio y su vocación de servicio.
En síntesis, la Aviación Naval Argentina cuenta con una rica historia, un conjunto de tradiciones propias y una mística muy particular, que aunados al alto grado de preparación técnica y dedicación de sus oficiales, suboficiales y personal civil permiten que se erija en uno de los baluartes del Poder Naval Integrado, lista a servir la próxima vez que el clarín de la Patria llame.
Para los marinos con alas:
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