La Reunión Eterna
“Vos me vas a disculpar que te tutee y te diga Maxi, yo soy Suboficial y vos un Teniente, pero podría ser tu padre y me vas a entender”. De esa manera conocí a Juan Carlos Ibañez, hace un tiempo que hubiera deseado fuera más extenso, a lo largo del cual se convertiría en “Juanca”, “Joan Charles”, “Ibagnez”, y demás motes cariñosos que insolente pero tiernamente le propiciaríamos con el objeto de ver la expresión paternal que se formaba en su rostro al hacerlo casi enojar, aunque dudáramos que realmente fuera capaz de enojarse.
Juan Carlos tenía ese halo que podemos definir como “temple de Armada”, y ciertamente era de esas personas que al menos para mi, hacían que uno recordara por qué se enamoró de la Marina y no deja de quererla. Vivaz, trabajador, alegre y responsable; honesto y humilde, sencillo y frontal, recto y paternal, Juan Carlos me retrotraía a mi adolescencia de Liceo Naval, a mis años luego de demasiado joven Guardiamarina, donde la enseñanza de las buenas almas como la de él, para quienes tenemos la fortuna de encontrarlas, dejarían una marca imborrable.
Para cuando conformamos, de la mano de nuestro Presidente lo que dimos en llamar Escuadrilla WEB, y comenzamos a tejer proyectos e ideas, la vida en el Instituto dio a Juan Carlos el estatus de ícono en nuestro devenir cotidiano, atendiéndonos, cuidándonos, enseñándonos y hasta tolerando nuestras insolencias de niños grandes. Nunca faltaría su imbatible dedicación, desde el trabajo en si mismo hasta el detalle de tener siempre algo preparado para hacer más ameno cada momento. Juan Carlos, siempre estaba, y siempre tenía algo con lo que hacernos sentir mejor; si teníamos sed, había bebida, si teníamos hambre, hacía aparecer milagrosamente sanguchitos o facturas, si queríamos brindar, hasta mágicamente se materializaba una cerveza. Jamás, y digo esto con plena convicción, lo vi serio o preocupado, ni siquiera cuando como un grupo de niños rebeldes revolvíamos los muebles en busca de cosas interesantes, ante lo cual en lugar de llamarnos a recato hacía aparecer algún objeto o documento cargado del misterio propio de las cosas con valor histórico, o cuando desafiábamos su método de registro elaborando SITREPs que él alegremente llamaría “stripers”.
Ese era nuestro querido Juan Carlos, amigo y padre, ejemplo y camarada; familiar elegido con el corazón por su bondad y hombría de bien. Nunca imaginamos que en la fecha pactada para nuestra reunión de Escuadrilla las ironías de la vida nos encontrarían despidiéndolo, pensando ahora en el alegre momento que no llegamos a vivir a esta vez a su lado, en los momentos que vendrán, cargados de la nostalgia de su recuerdo.
Te vamos a extrañar mucho Juanca; me quedé con ganas de volverte a ver, escucharte reír y criticar felizmente los “stripers”. Hay tantas cosas que me quedaron por conversar, y tantas cosas buenas que supe de vos cuando te fuiste, que al fin de cuentas vine a caer un poco tarde en razón de que eras aún más grande de lo que yo pensaba.
Sabiendo inevitablemente que nada será igual sin vos, y con un enorme ¡GRACIAS! atorado en la garganta, te recordamos y te llevamos en nuestros corazones, en sesión permanente, en una reunión eterna, en vuelo en formación…
JUAN CARLOS IBAÑEZ, ¡PRESENTE!
Escrito por el TFAV (RN) Maximiliano J. Lacobara.










